Hola, este es mi pequeño espacio para desahogarme de todos mis desencuentros con el mundo. Gracias por compartirlos conmigo!!!

sábado, abril 22, 2006

El Túnel - Ernesto Sábato

¡ La hora del encuentro había llegado! Pero ¿ realmente los pasadizos se habían unidos y nuestras almas se habían comunicado? ¡Qué estúpida Ilusión mía había sido todo esto!.
No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque ahora el muro que los separaba fuera como un muro de vidrio y yo pudiese verla como una figura silenciosa e intocable...
No, ni siquiera ese muro era siempre así: A veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y quizá habría risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: El mío, el túnel en el que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esa muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límite de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera de su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces sucedía que mientras yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿Por qué esperándome? ¿ Por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar despreocupada o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado




Texto tomado de "El Túnel", Ernesto Sábato, Capítulo XXXVI